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martes, 23 de diciembre de 2014

1 Blanca navidad

Navidad... La fiesta más dulce. Las calles están inundadas de mil olores, mazapán, turrón, buñuelos, algodón de azúcar y lo menos dulce pero no menos exquisito, castañas asadas.
Las castañeras, esas mujeres que llenan nuestras calles de una falsa niebla cálida y espesa.
En los lugares como este, en los que nunca nieva, es lo más parecido que tenemos a una "blanca navidad", como suelen decir.
Aunque he de confesar algo; amo la navidad.
Sé que es una época consumista y blaablaablaa, todos esos argumentos hippies - a los que, por cierto, no les falta razón-. Y que es la época más hipócrita del año, en la que todos aman y ayudan a todos incluyendo a los pobres que están tirados en las aceras a los que unos meses antes no mirabas al pasar y ahora le das cinco euros y un chocolate calentito e incluyendo a los "pobres negritos" que mientras se mueren de ébola no te has molestado en saber en que consiste la enfermedad hasta que ha llegado a tu país pero ahora te preocupa que tengan un regalo bajo el árbol. Oh, espera, ni siquiera tienen árbol, y la familia se reúne para pelear por la mínima gilipollez, porque todos se detestan pero en estas épocas hay que fingir amor y cariño a cambio de saborear a un buen jamón celebrar juntos estas fiestas tan especiales.
Además nunca he tenido una familia que se reúna en navidad, ni tampoco una que no se reúna, vivo aquí desde que tengo memoria, y desde que tengo memoria, la única navidad que he conocido es la que veo a través de la ventana.
Nada de luces de colores aquí dentro, tampoco árbol ni villancicos. Nada de cenas lujosas, alcohol y pasteles. Nada de regalos. Nada de películas navideñas familiares de bajo presupuesto y aún más baja calidad.
Esa chiquilla rubia, la castañera, es la única que me hace amar la navidad, porque es la única época del año en la que la veo.
Siempre se pone en el mismo sitio, frente a mi ventana, y juraría que alguna vez la he pillado cruzando su mirada conmigo. Siempre hay a su lado un niño jugando con un globo, que siempre es de color rojo. Quizá sea su hermano pequeño, ella parece demasiado joven para tener hijos. Puede tener unos veinte años.
Me he fijado en que siempre lleva el mismo gorro y la misma bufanda, alguna vez he pensado en regalarle otra, pero quizá lleva esa por algún motivo especial, quizá se la regaló su madre cuando aún estaba en vida, y la mía acabe en la papelera más cercana, en la que esta junto a ella -sí, ella esta junto a una papelera, ella, ese monumento que fácilmente podría estar en el escaparate de una joyería, estaba junto a una sucia y vieja papelera-.
No soportaría ver mi regalo en la basura mientras la observo. Como una broma pesada y malvada. Un no muy sutil "no quiero nada de ti".
Sueño cada día con que venga a visitarme y me envuelva en un cálido abrazo que nunca acabe, exatasiándome con su peculiar perfume de castañas asadas, sueño con quitarle el gorro y enredar mis dedos entre sus cabellos mientras me cuenta que lleva años observándome y hasta hoy no se ha atrevido a buscarme, porque no quería pasar un año más sin saber mi nombre.
Sueño con decirle mi nombre y que ella susurre en mi oído el suyo.
Quizá se llame Marta, es un nombre bonito, le pega. O quizá Elena, Laura, Alicia...
Un nombre hermoso y clásico a la vez, como su rostro.
Sueño que, después de ese abrazo, nos fundamos en uno bajo las sábanas.
Y sueño que me agarre del brazo y corra, arrastrandome, sacándome de aquí para siempre. Sé que solo ella podría hacerlo, solo necesito mirar sus ojos para saberlo con toda la certeza del mundo.

Por ahora el único sueño que cumplo es el de dormir cada noche contemplando su rostro, aunque sea a lo lejos. Dejarme absorber por la oscuridad, cerrar mis ojos y seguir viéndola en mis sueños.


Oigo una puerta cerrarse detrás de mí. Es metálica, la mayoría de puertas aquí lo son, y oigo a uno de los doctores hablar de un pobre loco que pasa los días mirando a través de una postal, como si de una ventana de tratase.
Tengo miedo de volverme tan loco como él o el resto de mis compañeros.
Pero sé que me sacarás de aquí antes de que eso suceda.
Y me dirás quien es ese niño que siempre te acompaña con un globo rojo, y quien te regalo ese gorro y esa bufanda que nunca te quitas.
Jamás dejaré de esperarte.




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lunes, 22 de diciembre de 2014

0 La cena

Silencio.
Tu y yo.
Tu mirada y la mía.
Sin decirnos nada nos lo estamos diciendo todo en esta batalla en la que cada uno lucha por no ser el primer estúpido en abrir la boca y decir lo que ambos estamos pensando.
En nuestros platos, el ultimo bocado, troceado mil veces como excusa para alargar este momento, se enfría. Mientras que el vino, con el que nos limitamos a humedecernos los labios con la misma intención, cada vez está más caliente.
Cada uno de nuestros movimientos es sumamente lento. La tensión es palpable, no solo se podría cortar con un cuchillo, bastaría con darle un toquecito con el dedo para que se rompiera como un cristal.
Tu pierna se desliza entre las mías bajo la mesa.
Dios, no, no hagas eso. No me lo pongas aun más difícil.
Me guiñas un ojo. Se exactamente lo que pretendes, algo que no es fácil de decir con palabras, que siempre evitamos demostrar que queremos que suceda. Por quedar bien, por fingir que somos personas serias y enteras.
Sabes que yo quiero lo mismo, por eso me haces esto. Valiente hija de... sí, tú si que sabes controlarme y conseguir lo que quieras de mí. Paseas tu suave lengua por tus labios, que hoy lucen el color del rubí. Sabes exactamente como llevarme a ese punto en el que no puedo negarte nada...
Y te vuelvo a mirar, con ojos de cordero degollado, suplicando que pares esta lenta tortura.
Tú te limitas a tirarme un beso, coges tu bolso y te vas hacia el baño.
Mientras tanto te imagino ante el espejo; perfeccionando tu carmín, sonrojando tus mejillas con ese maquillaje que usas a pesar de no necesitarlo... arreglándote las pestañas con tu boca entreabierta, amo tu boca así, es tan sugerente.
Tus andares de "femme fatale" me sacan de mi ensoñación mientras te acercas hacia mí.

- Joder, Manolo, ¿que más tengo que hacer para que pagues la cuenta?



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viernes, 21 de noviembre de 2014

0 Último aliento

Otra vez igual, ante ti, de rodillas, suplicando que me perdones.
Pero esta vez es diferente, esta vez de verdad no quería, quizá en el fondo nunca quise...
Y aún así veo tus ojos clavados en los míos, pidiéndome explicaciones, gritando "¿¡Por qué!?" a través de sus pupilas mientras es tu boca la que me observa, entreabierta ante lo inesperado pero sin fuerzas para abrirse más y gritar.
Pero, ¿qué podría responderte?
El único motivo para hacerlo fue precisamente la falta de motivos para evitarlo.
Lo se, se que es una pésima excusa, que si fuera así todos lo harían, pero me temo que ya no hay vuelta atrás. Tiré el móvil al retrete para evitar tentaciones y nunca he tenido teléfono fijo. No hay nadie a quien acudir, solo queda perderme en tus ojos hasta que se apaguen.
¿Pero por qué te sientes así? ¿Qué vas a echar de menos?
No tenías a nadie, no tenías presente y ahora no tendrás futuro, solo me tenías a mí y nunca fui suficiente, nunca pude hacer nada por ti, nada para salvarte mientras te hundías en la más absoluta miseria.
Por eso en lo más profundo se que esto es lo mejor que he podido hacer por ti.
Te estoy liberando de toda esa mierda que te rodeaba y, aunque me duele ver como tus ojos pierden su brillo, me alegro por ello.
Veo una última sonrisa en tus labios rodeados de lágrimas, son hermosos, nunca me había fijado en ellos.
Ahora tus ojos se han cerrado haciéndome perder el mundo de vista, perderte a ti, perder mi reflejo...

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miércoles, 29 de octubre de 2014

0 Amor verdadero e incondicional

No sabes cuanto te extraño cada día, no hay nada más duro que alejarme de ti.
De la mañana a la noche, cada minuto sin ti se me hace eterno y no puedo pensar en otra cosa que no seas tú acariciando mi cuerpo desnudo, envolviéndolo con tu calor.
Extasiarme de olor inconfundible y cabalgar sobre ti en tantas posturas como nos pida la noche hasta que me hagas ver el cielo.
¿Qué más da si nos envuelve la oscuridad? ¿Qué más da si afuera es frío o cálido?
Tus brazos fieles siempre me acogen como si no existiera un mañana, solo a mí, nunca fuiste ni serás de nadie más.
He reído contigo y también te he empapado con mis lágrimas...
¿Qué más necesito si te tengo a ti?
Te quiero, cama.
(Que trabajo me ha costado encontrar una puñetera imagen romántica sin mensajito cursi)


 
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miércoles, 15 de octubre de 2014

0 Día del padre, un año cualquiera

Aún guardo todas esas porquerías, no me preguntes por qué.
Cada trasto que unos profesores de esos que no son conscientes de que hay niños huérfanos o con dos madres nos mandaban hacer el día del padre. Esos incompetentes, todos los que tuve a decir verdad.
Aún guardo el marco con su "Te quiero papá" escrito a un desconocido, probablemente por otro desconocido, pues dudo que yo tuviera esa caligrafía con poco más de dos años.
Aun guardo el cenicero que hicimos con una lata de conservas, el lapicero con una lata de tomate, otro lapicero con plastilina y almidón, de esos que llevan agujeros para insertar los lápices. También tres o cuatro pisapapeles...
Porque por todos es sabido que, no solo todos tenemos padre, sino que además todos los padres son fumadores y suelen tener papeleo como para necesitar tres pisapapeles y dos lapiceros.
En fin, no se que hacer con toda esta basura que supongo que algún día guardé con la esperanza de conocerle, me pregunto si el dejó una estantería vacía con la esperanza de recibir esto.
Casi puedo visualizarlo, un diecinueve de marzo de que mas da el año, sentado en la cama observando una estantería vacía, como si solo por eso fuera a aparecer ante el cada chisme que le hice.
No voy a mentir, es una imagen bonita, incluso conmovedora.
Una estantería vacía como el vaso que sostendría en su mano, o como la botella que habría a sus pies.
Pero para que voy a engañarme, cuando alguien abandona algo, es porque sabe de antemano que no lo vas a extrañar.
Un impulso me lleva a escribir una nota y meterla en la caja.
"¿Tienes una estantería vacía?"
En cuanto cese la lluvia dejaré esta caja en su puerta, ese sera mi primer y ultimo contacto con mi padre.
Solo eso, solo un:
‹‹Existo, ¿sabes?››
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martes, 19 de agosto de 2014

1 Destino inmerecido

Sinceramente, no sabría decir dónde estoy.
Estaba comiendo con unos compañeros cuando de la nada aparecieron unos extraños en nuestro hogar, nos ataron y nos hicieron avanzar hacia una especie de... ¿calabozos? a base de golpes, no muy fuertes, pero lo suficiente molestos, cabría decir humillantes.
Ahora está todo oscuro y no se cuántos habemos aquí, sin duda demasiados, pues la movilidad es casi nula.
Estos calabozos están en continuo movimiento y todos nos chocamos, sobretodo cada vez que salta. Imagino que nos están trasladando, pero no sé donde, tampoco es que les importe nuestra opinión.
De entre mis compañeros emanan quejidos lastímeros y de confusión que suenan como una orquesta mal armonizada.
La falta de oxígeno, los continuos saltos inesperados, los choques con mis compañeros, el calor <<¡Dios mio, cuánto calor! Esto parece un horno>>
Empiezo a alterarme.
Sudo, hiperventilo, no paro de moverme en busca de algo que ni yo mismo se. Pero eso solo me hace tener más ansiedad.
Me choco con alguien, retrocedo del susto, piso a otro, se asusta, grita, me asusto...
<<¡No veo nada!>>
Si al menos dejaran entrar algo de luz, para vernos y no herirnos.
Creo que estoy al borde de un ataque de ansiedad.
Por suerte el calabozo se detiene.
Alguien abre el portón dejando entrar unos cegadores rayos de sol.
La verdad es que ninguno queremos estar dentro, pero tampoco queremos salir, no sabemos lo que nos espera allá afuera. El hombre que ha abierto el portón se acerca a nosotros y nos hace salir de la misma forma que nos hizo entrar, aunque solo a dos de nosotros. Agachamos nuestras cabezas y obedecemos, sumisos, al menos nos evitaría que nos pegara más fuerte.
Vuelven a atarnos y nos llevan a través de un camino ya marcado.
Al final del camino hay una puerta, la cruzamos y la cierran detrás de nosotros.
Miro a mi compañero a los ojos, que se limita a devolverme la mirada.
Poco después se dejó llevar por el sueño, bien merecido tras el incómodo viaje y esta desconocida situación.
Me pregunto que pasará con el resto de compañeros.
El sol se puso y yo también me dejé llevar por el sueño.
--------
Ya es de día, el sol ha salido y me han despertado con otro de esos molestos golpes.
Resoplo irritado, como me gustaría poder patearles entre las piernas, pero claro, ellos son listos, primero me han atado mientras dormía.
De nuevo me conducen, aunque ahora tirando de la cuerda, hacia otro de esos calabozos, esta vez mas pequeño, solo para mí, así que cuando entro cierran la puerta a mis espaldas.
No mucho tiempo después, se para y abren la puerta.
Lentamente salgo...
Miro a mi alrededor...
Estoy rodeado de gente, pero ¿por qué?
Doy unos pasos hacia atrás, prefiero volver allí y estar solo, no me fío nada de estos, que además no paran de cuchichear y mirarme como esperando a que haga algo.
Pero mi escondite ya no está ahí, han cerrado la puerta.
De repente alguien grita algo ininteligible y todos parecen seguirle a coro.
Igualmente, uno se acerca y empiezan a acercarse más, retrocedo asustado y recibo otro maldito golpe, me sobresalta, doy unos pasos rápidos hacia delante y de nuevo vuelven a chillar todos, acercándose y alejándose de mi como si se burlaran.
Se me ocurre que quizá estén asustados, intento explicarles que no quiero hacerles daño, pero nuestro idioma es diferente, no entienden nada y responden con mas gritos ininteligibles, recibo más golpes aun, empiezo a hartarme demasiado de esta situación y caigo en que solo me queda una salida.
Huir.
Me dispongo a correr, pero estos cabrones se ponen delante de mi camino, ya nada me importa, demasiada paciencia he tenido, corro con todas mis ganas, unos se acercan a mi, otros huyen, todos gritan sin parar, como monos, es impresionante el guirigay que arman.
Mientras huía me he chocado con alguno, tampoco es que fuera mi culpa, ¿qué hago si se me tiran encima?
A mas de uno lo traté de esquivar, pero la recompensa que me llevaba era un tropezón o resbalón y una torcedura de tobillo.
Cojeando ya como iba, no fueron pocas las veces que me choqué, ya fuera con personas o edificios, pero conseguí llegar hasta el final y encontrarme con... de nuevo aquel maldito cajón.
Pero al menos allí estaría a salvo, descansaría y estaría solo, en gran parte fue un alivio encontrármelo.
Me hicieron subir y me volvieron a trasladar al lugar donde esperaba mi compañero.
Una vez que llegué allí, me habría gustado comentarle todo lo que me acababa de pasar, pero no podía.
Que impotencia...
Horas después fue a él a quien se llevaron.
Y al rato, cuando volvió, supe por su exhausta mirada que había pasado por lo mismo que yo.
Oí decir a un hombre mientras cerraba una de las puertas:
- ¿Y luego, q'acen con lo' toro' esto'?
- No me joda' que no lo sabe' "quillo"; tré' capotazo' y pasao mañana están en un guiso pa celebra la' fiesta'

NO A LA SUELTA DEL TORO EN UBRIQUE.

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miércoles, 23 de julio de 2014

1 Atardecer

El teléfono comenzó a sonar de madrugada, lo busqué a tientas y descolgué irritada, mirando la pantalla con un ojo entreabierto.
- ¿Si?
- Necesito verte, te echo tanto de menos, cada día miro el atardecer y me recuerda a tus cabellos rojos, tan vivos, tan ardientes, necesito volver a sentirte, necesito oler el fuego de tu cabello y quemarme con el roce tu piel.
- ¿Rubén? ¿Estás borracho?
- Vuelve conmigo, Elena -me rogó- ¿De veras estás mejor sola que conmigo?
Aun adormilada, mi mirada se perdía por la habitación oscura y mi cerebro me decía que estaba soñando. Por lo que mis ojos se permitieron el lujo de volver a cerrarse.
- ¿Elena?
- ¿Eh? ¡Oh, si! El atardecer... y eso -bostecé.
- ¿Te estás riendo de mí?
- No. Mañana hablamos, Rubén, cuando tengas más glóbulos que alcohol en las venas. Buenas noches.
Cuando me desperté por la mañana y miré el móvil tenía un arsenal de mensajes suyos, todos de la misma índole.
"Te echo de menos", "Todo me recuerda a tí".
El diccionario masculino de sinónimos de "quiero echarte un polvo" al completo. Aunque he de admitir que algunos eran bastante originales, puede que algo inquietantes.
Con vista borrosa y un sueño del demonio escribí lo mejor que pude:
"Quizá np lo recwrdes, pero fuiste tú el q me dejó al descubrir mi decreto.
Secreto*" √√
El móvil volvió a sonar y me sobresaltó.
- Casi me da un infarto -le reprendí-, ¿qué quieres?
- Darte los buenos días al oído.
- Entiendo -respondí sarcásticamente.
- Anoche no estaba borracho, Elena -de repente su voz sonaba mucho más seria, quizá demasiado-. Te echo de menos y quiero volver.
- Eso no va a pasar, olvídalo ya. No se  por qué te cojo el teléfono. Me estás alterando.
Sin darme cuenta me había levantado y estaba dando vueltas en círculo mientras le hablaba.
- Ya sé que me pasé, pe...
- ¿Pasarte? ¡Me tiraste un billete a la cara y te fuiste!
- Dame una noche, por favor, solo una noche y te dejaré en paz.
- Que no, joder.
- No quería llegar a esto, pero... admíteme como cliente.
Rompí a carcajadas y no hice ningún intento por esconder mi risa.
- Dudo mucho que te lo puedas permitir, cielo.
- Limítate a decirme la cifra.
Le di una cifra descabellada para que deshacerme de él, pero para mi sorpresa, su respuesta fue:
"Nos vemos esta noche en el barrio antiguo, a la 01:00. Se puntual".
Y colgó sin más, sin darme tiempo a decidir o a decir nada.
"Oye, no me cuelgues así, esto hay que hablarlo" √
No lo recibía. Y, por supuesto, tampoco las llamadas.
Me pasé el día diciéndome a mí misma que no iría, e incluso que si seguía de aquella manera le denunciaría por acoso.
Tras muchas divagaciones y un día bastante rutinario, a las 00:00 me dejé caer en la cama.
Pero por algún extraño motivo, llamémoslo idiotez, a las 00:30 me estaba levantando para arreglarme rápidamente y acudir corriendo a nuestro encuentro.
Cuando llegué, él ya estaba allí, sentado en un escalón, fumando un cigarrillo mientras se miraba los pies.
Mis tacones le alertaron de mi llegada y miró hacia arriba.
- Tu... tu pelo -balbuceó.- Ahora es negro. ¿Por qué has hecho eso?
- ¿Qué más da? Los tintes se caen. Tenemos una conversación pendiente más importante.
Cuando dije eso, me tendió la mano, entregándome un sobre. Su mano estaba temblorosa y húmeda, así como su mirada.
- Sobre eso... -dije agarrando su mano y alejándola de mí- No acepté tu propuesta, solo pretendía darte largas, y eso he venido a decirte.
- Abre el sobre -de nuevo puso la voz tremendamente sería.- Cuéntalo, mírame a los ojos y dime que puedes permitirte rechazar esa cantidad.
Abrí el sobre y con solo ver el color de los billetes mi ritmo cardiaco aceleró y mis manos temblaban vacilando, separando esos papeles con la torpeza psicomotriz de un infante de guardería.
- No tengo por que decirte nada, no quiero aceptar esto de ti.
- No seas tonta -dijo quitándome el sobre de las manos y metiéndolo en mi bolso- Te prometí qué si me dabas solo esta noche -apartaba mi cabello de mi cuello mientras hablaba lentamente- te dejaría tranquila -acabó la frase con un beso en mi clavícula.
No se que sucedió, no se como me convenció, pero ha pasado poco más de media hora de aquello y ahora me encuentro en su cama, atada y desnuda y con varios cientos de euros en mi bolso.
Él se encuentra encima de mi, recorriendo mi cuerpo con sus manos y su boca, pero parece no reaccionar al tacto.
- ¡Es tu pelo, maldita sea!- Se levanta, indignado y busca su paquete de tabaco.- Negro. Negro como la noche, como el carbón, ¡cómo un cuervo carroñero! ¿Por qué negro? -saca un cigarrillo y se lo pone en los labios mientras se sienta en la cama, a mi altura. - Antes eras más guapa.
Empiezo a inquietarme, durante tres años de relación, nunca se había comportado de forma tan extraña.
Enciende el cigarrillo y sus ojos se iluminan y se abren de par en par contemplando la llama.
- ¿Te apetece una copa?- me pregunta mientras se levanta a cogerla.
- No puedo beber así -hago un gesto con mis manos atadas.
- Abre la boca, preciosa -me ordena acercándose con una botella de Brandy en la mano.
Obedezco y la vierte sobre mi boca.
Luego la levanta un poco y comienza a derramarlo por encima de mi cabeza y a los lados, donde mi pelo cubría la almohada.
Le mire extrañada e inquieta.
- ¿Qué estás haciendo? ¿Eres idiota?
Me besa con furia, con el cigarrillo aun en la mano, y capto un fuerte olor a quemado.
- ¡Me has quemado el pelo!
- No lo suficiente. Dice acercándome el mechero encendido.
Una llama nace en mi pelo y mi cara se descompone del terror.
- ¡Apaga eso, rápido! -grito intentando huir inútilmente de la llama.
- ¿Alguna vez te he dicho cuanto te favorece el color del fuego? Si. Ahora vuelves a ser la misma, con tu pelo rojo ondeando como un mar de lava. De gas en este caso, pero te sienta igual de bien.
El calor empieza a irritarme los hombros y mi cara suda como nunca.
- ¡Haz algo, por favor! -le suplico entre lágrimas mientras me revuelco intentando apagarlo en vano.
- Sí, debería hacer algo. Para eso pagué. - dice situando su mano entre mis muslos.
- ¡Apagalo, quema! - Chillo con todas mis fuerzas, agitando la cabeza sobre la almohada mientras pataleo e intento quitarme su manos de encima.
- ¡Dame un minuto, joder! -grita agitando su brazo, algo más abajo de su ombligo.
Empiezo a toser, poco consciente ya de sus murmullos de fondo sobre mi pelo, el fuego, el color rojo...
Han pasado muchos segundos o pocos minutos, no estoy segura de estar consciente, pero siento un golpe duro y frío en mi cara acompañado de un sonido como de piedras, el calor va desapareciendo.
Había vaciado la cubitera del Brandy en mi cabeza.
Ya, ajena al calor, me dejé llevar por la inconsciencia.
A la mañana siguiente desperté en mi cama.
Me llevé la mano a la cabeza, incrédula. Casi no me quedaba cabello, rompí a llorar y con vista borrosa mire hacia la mesilla.
En ella había peluca pelirroja de pelo ondulado, un bote de crema para las quemaduras, el sobre del dinero y una nota:
"Evité que te hicieras daños mayores.
Ahora los dos tenemos secretos.
Tú no hablarás de lo de anoche y yo no hablaré de tu vida nocturna.
Lo prometido es deuda:
Me hiciste ver el cielo estando en el mismísimo infierno, así que...
Hasta nunca.
P.D: Usa el regalo"




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sábado, 26 de abril de 2014

0 Angel y sirena

El Ángel Superior, de aspecto anciano, esperó a Hanael a las puertas del cielo, le había visto escaparse unas horas antes y sabía bien a dónde.
- ¡Una sirena! ¡Uno de mis ángeles enamorado de una sirena! Las criaturas más lascivas del universo. ¡Y tú has sucumbido a su tentación! ¿Qué hice mal contigo?
- Te equivocas completamente, no son así, al menos no mi sirena, ella es dulce y tierna. Esa es solo la imagen que nos han vendido de ellas.
- ¿¡Vendido!? ¡Esto es el paraiso! La verdad absoluta. La felicidad. Aquí no venden nada, no somos como esos sucios humanos colmados de mentiras y enredos, hijo. ¿Y cómo que tu sirena?
- Sí, has oido bien. Mi sirena. Jamás dejaré de verla y mucho menos de amarla.
- Sabes lo que ocurre a los ángeles como tú, ¿verdad?
El Ángel Superior se fue con solo una palabra en sus labios:
- Desterradle.
Quienes aparecieron después, no parecían ángeles, sus alas eran negras y su tamaño desmesurado.
Ataron al angel y lo llevaron a un lugar apartado, el suelo estaba cubierto de plumas, y las plumas cubiertas de sangre.
- ¡No! ¿No os bastaba con desterrarme? - gritaba Hanael mientras los angeles negros le conducían a una especie de gillotina.
- Son ordenes del Superior. Limítate a quedarte quieto.
- ¡No! ¿Como la veré entonces?
- Esa es la idea, hijo mio -dijo seriamente el Superior contemplando la escena- Cualquiera puede pecar, Hanael, pero todo medio es poco para no recaer.
- ¡No! ¡Soltadme!
Los angeles le situaron con la espalda pegada a la guillotina y colocaron bien las alas, de forma que no pudiera sacarlas.
Él forcejeaba y gruñia de dolor.
- Cuando usted quiera, Superior -dijo uno de los angeles negros.
- Es suficiente -respondió él y dejaron caer la pesada cuchilla.
Un grito descomunal brotó de su garganta.
Apareció allí lucifer.
- Huelo una ofrenda, ¿me engaña mi olfato?
- Para nada, viejo amigo. Llévate este alma descarriada.
- ¿Este muchacho? ¿Bromeais? -agarró por la barbilla la cara del ángel, que aun estaba atado- ¿pero habéis visto que cara de bonachón? ¿Cuál es su pecado?
- Lujuria. Cedió a la tentación de las sirenas.
Lucifer rió estrepitosamente.
- Mayores pecados has cometido tú. Cualquier excusa es buena para tirar las sobras. Aquí no saben disfrutar la vida, chico. Estarás mejor conmigo -agarró a Hanael del pelo y se desvanecieron-.
-------------
En una roca en medio del mar, un ángel abraza a una sirena.
Las mejillas de la sirena brillaban bajo el sol del atardecer, mojadas de agua salada, que sus ojos derramaban.
- No podrás venir a verme a escondidas eternamente, Hanael.
- Ligia, te prometí que no pasaría un día sin verte desde el día que nos vimos por primera vez en esta misma roca. Hasta ahora lo he cumplido y siempre lo haré, pase lo que pase.
Hacía ya dos semanas que tuvieron esa conversación, y él no había vuelto más, a pesar de que Ligia le esperó siempre a la misma hora, en la misma roca, hasta caer la noche.
Pero ese día, cuando el sol se puso, se adentro en lo más profundo del mar en busca de Morga, la hechicera, tan  seductora como peligrosa.
- ¡Oh, pequeña! ¿Qué haces tú en un lugar como este?
- Quiero hablar con Lucifer.
- Que rotunda -escupió sorprendida la hechicera- Poco sabe Lucifer que yo no sepa, querida. Tú dime en que puedo ayudarte.
- Quiero saber si se ha llevado a alguien.
- Claro que se ha llevado a alguien, cada día se lleva gente, el mundo esta lleno de pecadores.
- Me refiero a alguien concreto, a... un ángel.
- ¿Un ángel? -se rió- Esto si que no me lo esperaba. ¿Y por que querría mi amigo Lucifer llevarse a un ángel?
- Incumplió las normas del cielo y es posible que le desterraran. Eso, o decidió no volver a verme.
- Está bien, averiguaremos si esta en el infierno, pero ¿qué harás si está allí?
- Buscarle.
- El infierno es inmenso.
- Le encontraré aunque tenga que nadar en rios de lava.
- A veces el amor nos cobra precios muy altos, en este caso el precio es tu vida, y no tendría vuelta atrás.
Y también las hechiceras cobramos precios muy altos, ¿te habían informado?
La sirena se quitó un collar con un pequeño frasco y se lo ofreció.
- Él me regaló eso, me dijo que era preciado por muchos y muy valioso.
- Me aventuro a decir que son lágrimas de ángel.
- Así es.
- Extremadamente valiosas. Útiles para muchas pociones e imposibles de conseguir. Oh querida, me acabas de hacer muy feliz, hablarás con Lucifer.
Pero cuando el no viene solito, solo hay una forma de invocarle.
- Haré lo que sea.
- El pecado mortal.
- ¿Suicidio? ¿Y si Hanael no está con él?
- ¿Acaso tienes otra forma de descubrirlo?
- No...
- Toma este puñal, querida. Y hazlo aquí -dijo tocándole el pecho-
Vamos, linda, por tu amor.
- No puedo -sollozó Ligia- ¿No hay otra forma? ¿No puedes clavarmelo tú?
- Entonces no sería tuyo el pecado y yo no tengo prisa por llegar al infierno -sonrió-.
Ligia cogió aire, cerró los ojos, tomó impulso... y al abrirlos vió un ser rojo vestido de negro. Prendido en llamas. Estaba en el infierno. Sentía su cola y su pelo totalmente secos por primera vez.
El ser rojo se le acercó.
- Sí. Está aquí. Pero no quiere verte. dice  que perdió esto por tu culpa -le tiró sus alas cortadas y ella se llevó las manos a la cara.
- ¡No es cierto, no son suyas! ¡Dime que estás mintiendo" Quiero verle, y si es cierto, disculparme.
Lucifer echó las alas al fuego de una patada.
- Como puedes ver, te estás deshidratando -chasqueó los dedos y dónde hubo fuego, ahora había agua. Si consigues encontrarle sin meterte en una sola charca, pasareis la eternidad juntos. Si se te ocurre meter una sola escama en una charca, me encargaré de que no os volvais a ver. Y sea como sea, pase lo que pase, nunca olvides que ya, estás en el infierno.
Tras tres días de incesante búsqueda, encontró a Hanael, que aún seguía atado. Se arrastró hacia él tan rapido como pudo y soltó sus cuerdas. El ángel cayo como el plomo sobre la sirena.
El agua volvió a ser fuego, salvo una pequeña charca. Hanael tomó en brazos  y, a zancadas, se acercó a meterla allí.
El cuerpo de Ligia estaba lleno de magulladuras por los tres dias que habia pasado arrastrandose, y sus labios de estaban agrieteados por la falta de agua lo que le curó casi inmediatamente con un beso.
Se abrazaron.
- Tus alas...
- Shh... nada importa, estamos juntos, para siempre. Ahora descansa.


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jueves, 24 de abril de 2014

1 Diario de Nadie


Tuve que borrarlo porque el que presentara al concurso no podía estar en internet.
Aquí está de nuevo.


Sábado, 8 a.m, suena el maldito despertador de mi habitación, pero lo oigo a pesar de haberme quedado dormido en el sofá la noche anterior.

Intento ignorar el fatídico sonido pero se adentra en mi cabeza hasta tal punto que siento que me va a estallar, aunque probablemente la botella de Vodka de anoche influya un poco.

Finalmente me levanto desperezándome y me dirijo al dormitorio en estado zombie para apagarlo.


- ¿Por qué demonios me despiertas? - digo mirando al despertador con mala cara y lo apago tirándolo al suelo de un manotazo.


Me asomo a la ventana... El sol brilla intensamente, parece que hará un buen día hoy... así que bajo la persiana y me dejo caer sobre mi cama deshecha.


Busco el despertador con la mirada. <<Donde demonios...?>> Cojo el móvil y miro la hora, las cuatro de la tarde, una de las pocas ventajas del paro, la única quizá. Tras un rato mirando "teletecho" me incorporo, cojo una toalla y me voy a la ducha. Nada mejor para despejarse que el agua casi fría cubriendo cada poro de mi piel...

- ¡Ah! ¡Joder, quema! - regulo la temperatura.

Salgo de la ducha, me ato la toalla a la cintura y me afeito, luego me visto con lo primero que veo, que siempre suele ser lo mismo: Unos vaqueros y una camiseta negra.


Voy a la cocina y abro la nevera para picar algo, pero no hay nada más que un pedazo moho con algo de limón en la huevera.

Aparto la bolsa de patatas vacía -mi cena de anoche- de la mesa para coger mis llaves y salgo para comprar algo. Miro mi salón desde la puerta <<si mi madre viera esto moriría en el acto>> 

- Mañana lo recogeré -ayer dije lo mismo.


Bajo a pie las seis escaleras -dos por cada piso- y miro el correo... facturas... ¿con qué esperan que las pague? Las vuelvo a meter en el buzón y salgo a la calle a dar una vuelta sin rumbo, como cada día.


Por el camino encuentro niños jugando, parejas, madres con sus hijos... familias y gente con, al menos, su mascota o hablando por el móvil. Pero nadie solo, este mundo no está hecho para mí ¿qué pinto yo aquí?

A veces el murmullo del gentío se me hace insoportable... en realidad siempre, además de los gritos, cuchicheos, vehículos, sus bocinas, "canciones" de jóvenes que no han descubierto aun las ventajas de los auriculares...

Me pongo los míos.

*Reproducción aleatoria”, “Play*.

Ahora solo oigo música y mi propio pensamiento.

Llego a un parque y me siento en el respaldo de un banco, costumbre que cogí siendo adolescente y que aun sigue conmigo, me gusta.

Hay una persona en el banco de al lado, la única persona que he visto sola y solitaria a parte de mí. Un anciano.  ¿Es ese el futuro que me espera?

Mi vida no es un jardín de rosas, está claro, no tengo nada que me ate a este mundo por ahora, ni gran esperanza en hallarlo. Pero tampoco me va tan mal como para dejarlo... vivo como en... ¿como en stand by? A la espera de algo, sin saber exactamente de qué.

Dos chicas me señalan a lo lejos, las miro con desagrado, se miran, dejan de señalar y murmuran algo entre risitas.


Pasa una joven a mi lado; pelo negro como el ónice con un peinado corto, ojos verdes, claros, labios gruesos, una tez pálida que hace un contraste increíble con su cabello, no muy alta y unas curvas de escándalo, impresionante.

Me mira diciéndome algo, así que me quito un auricular:

- ¿Perdón?

- Que si puedo sentarme – me repite con una sonrisa, su voz también es increíble.

- Por supuesto... -me pongo el auricular- yo ya me iba.

Paso junto a las adolescentes de antes.

- Señoritas... – las saludo en tono sarcástico con una evidente sonrisa forzada.


Llegando a "casa" me acerco a la tienda de la esquina y compro una pizza y una lata de cerveza, bueno... dos... Está bien, un pack de seis.


Subo las escaleras y saludo a mi desastroso hogar tirando las llaves en la mesa. Meto la pizza en el horno y mientras se hace recojo el desastre... parte de él -la suficiente para sentarme a comer y luego tenderme a ver una película en el sofá-.


Saco la pizza del horno y cojo una botella de vodka de la repisa y algo de hielo, sé que voy a acabar cogiéndola, así me ahorro el levantarme después.


Acabo con la pizza y las cervezas y le ataco a la botella.

Doy el primer trago, en mi mano la copa se siente helada como un témpano, pero en mi garganta... una quemazón extasiante.


Vaso a vaso va pasando la noche, dejándome al borde de la inconsciencia, solo consciente de que cada día seguiré así, solo y malgastando mi tiempo, y de que mañana será un día exactamente igual que este.


- No del todo - voy como puedo hasta el despertador y lo desactivo.

Vuelvo al sofá y me sirvo otra copa, el cielo cada vez está más oscuro, luego empieza a estar cada vez más claro... no sé cuantas horas han pasado, pero es mejor contar las horas que las copas...

Caigo rendido.


Domingo. Cuatro de la tarde...


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0 Mi día del libro

Ayer fue un mal y un buen día, yo, para no variar, me centré en lo malo.
Ayer tuve que ir al médico, fuera de mi pueblo, y cuando salí de la consulta, vi que mientras me atendían tuve una llamada perdida.
Llamé y cuando pregunté me informaron que era sobre el concurso de relatos en el que había participado.
Evidente mente me emocioné, pero luego me dijeron que no preguntaban por mi, sino por Ana María, de mi mismo apellido. Mi hermanita.
Ella había sido la ganadora del concurso en la categoría infantil.
¡También me emocione muchísimo! Por no hablar de ella cuando le di la noticia.
Pregunte si ya sabían los ganadores de la categoría general y me dijeron que no estaba seleccionada.
Me enorgullecí muchísimo de mi pequeñina, pero cuando cogí el bus de vuelta sin ninguna otra cosa en la que pensar, no pude evitar que se me cayera alguna lágrima por mi fracaso...
Luego el día no mejoro mucho, pero bueno, os dejo con el cuento de mi ganadorcilla:

EL SUEÑO DE SARA
Sara estaba enfadada y aburrida porque su papá le había castigado por pelearse con su hermana.
 Entonces encerrada en su habitación tuvo una idea, divertirse con su imaginación.
Se imaginó que era una princesa encerrada en lo alto de una torre, esperando a que un príncipe acudiera a su rescate. Y se dio cuenta de que ser princesa era muy aburrido, tenía que esperar a que la rescataran sin tener nada que hacer. Al final, era igual que estar castigada. ¡Pobres princesas! Y además, ella no quería tener que besar a ningún chico ¡que asco! Y mucho menos a un sapo ¡requete asco! Buscó algo con lo que entretenerse y encontró un libro pequeñito en el que había muchas clases de hechizos. Unos para hacerse pequeña, otros para transportarse, otros para que los sueños sean reales, incluso otros para viajar en el tiempo. Pero ella no lo sabía y lo leyó en voz alta:
"Piticlín, piticlín, yo me haré pequeñín" 
¡Zas! De repente era pequeñita.
Queriendo salir de su torre, intentó salir por la ventana, ¡pero era demasiado pequeña!
Así que se puso a correr asustada hasta que acabó debajo de la cama, allí se encontró al Señor Ratotón y a muchos bichitos más, y les contó su problema. Entonces el Señor Ratotón tuvo una idea:
- ¿Y si hacemos una escalera bichuna hasta la ventana para ayudar a la princesa a salir?
Pero no hubo suficientes bichos, así que Sara tuvo que salir por la rendija de la puerta.
En vez de su padre, ahora había un enorme dragón, pero no escupía fuego por la boca, solo ponía castigos. ¡Era el dragón que la había encerrado!
El dragón estaba dormido y ella muy silenciosamente cruzó la puerta. Pero el dragón se despertó y le persiguió hasta la calle.
- ¡Dragón tontorrón! - Le gritó desde la puerta de la calle. - ¡No me alcanzarás! -miró a su alrededor- Guaaaau, el mundo es gigante visto desde aquí, ahora se como se sienten las hormigas.
Sara se encontró tres gatos, y se creyeron que era un ratón.
- ¡No soy un ratón! Solo soy una princesa perdida.
- Eso dicen todos - le contestó uno de los gatos.
- ¿Es que no me reconoceis? - dijo la princesa
- Si es verdad que eres la princesa del reino, dinos algo que solo ella sepa.
- Os llamais Bigotitos, Zarpitas y Bolita de pelo. A tí, Bigotitos te dan miedo los ratones. A tí, Zarpitas, te gusta la comida para perros. Y tú, bolita de pelo, eres un miedica, todo te asusta.
- ¡Ay que susto! ¿De dónde viene esa voz? - pregunto Bolita de pelo.
- Te has librado por esta vez, "princesita" - y los tres gatos salieron corriendo.
El dragón tontorrón seguía persiguiéndola y ella se escondió en una grieta de la pared, sacó rápidamente el libro de hechizos y leyó lo primero que vió para despistarle.
"¡Piticlín! ¡Piticlín! 
Sácame de aquí."
Automáticamente la princesa apareció de nuevo en la torre.
- ¡Ay! Que cansado es ser tan pequeñita, quiero echarme una siesta ¿Cómo llegaré hasta mi cama? Rebuscó bajo todos su muebles para hacer una escalera de pelusa.
- ¡Achís!
- ¡Salud! - gritó Don Ratotón.
- ¡Ei! Don Ratotón, ¿por qué no me ayudáis a hacer una escalera de pelusa? Estoy agotada y no llego hasta mi cama.
Cuando consiguieron acabar la escalera, se echo una graaaan siesta, tan grande, que sin saber como, cuando se despertó, ya tenía su tamaño normal.
Sara, que ya no estaba castigada, corrió hasta el cuarto de su padre:
- ¡Papá! ¡Papá! No te vas a creer todo lo que me ha pasado esta tarde.
Después de contárselo todo, volvió a su cuarto, y vió un ratón sobre la cama
- ¿Don Ratotón? - pregunto sorprendida
Y le pareció ver como aquel ratón le guiñaba un ojo antes de salir corriendo.

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lunes, 14 de abril de 2014

0 La primera página de su diario.


"Era un helado diciembre de hace 6 años cuando le conocí, claro que en Ucrania, prácticamente cualquier día es helado.
Salí del cine sola. Mientras esperaba en la parada del bus para volver a casa, tiritando de frío, se me acercó un joven y me ofreció su chaqueta, pero nunca fui precisamente una romántica y tampoco muy confiada.
No la acepté y él se fue.
Unos diez minutos después apareció de nuevo a mi lado y me ofreció un vaso de plástico.
- No sabía si te gustaba el café, -noté que su acento era extraño, no era de aquí- ¿pero a quién no le apetece un chocolate calentito con esté frio?
Le miré raro.
Entonces sacó una petaca del bolsillo.
- Te ofrecería vodka pero ya no me queda - dijo en tono burlón-.
- ¿De qué manicomio dices que te has escapado? - No pude evitar sonreír y cogí el vaso - ¿Sueles invitar a chocolate a todas las chicas solitarias o este es un caso aislado?
- Estaba sentado a tu lado en el cine y... y bueno, te vi aquí sola y pensé que quizá querrías compañía, al menos hasta que llegue el bus - hizo una pausa y me tendió la mano- Iván.
- Alinka.
- Vaya, ¿como la actriz?
- Sí - me reí - mi madre era muy fan de ella.
Alinka era el nombre de una preciosa actriz Ucraniana que había participado en varias series y alguna película americana allá por los 80.
- No eres de aquí, ¿verdad? ¿De dónde eres?
- Soy de España. Digamos que es un viaje de negocios."
Cerré de golpe la libreta. No, no podía recordar aquello. No estaba preparada.



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jueves, 6 de marzo de 2014

0 Insomnio


El éxtasis. El ardor en la piel. La adrenalina. El corazón latiendo a diez mil por hora. La sangre corriendo acelerada por las venas.
Todo mas intenso cada segundo que pasa. Placer deliciosamente insoportable. La cabeza da vueltas. Una sacudida. Un estremecimiento. Una ultima ola de placer. Un gemido. Un cuerpo sin fuerzas que cae como el plomo.
Unos ojos mirando al techo a la espera del sueño.

Un nuevo día.

Un gritos. Una orden. Una lágrima.
Una puerta. La calle. Una mirada al cielo. Quemazón por el sol.

Horas.

Otra mirada al cielo. Estrellas. Una mente que se pierde en ellas.
Pasos. La misma puerta. Paredes.
Preguntas.
Silencio.
Mas gritos. Más ordenes. Más lágrimas.
Resignación.
Horas.
Aun más gritos. Aún más ordenes. Aún más lágrimas.
Un portazo.
Una cama.
Un libro, lo toma, lo cierra. Un pasatiempo, lo empieza, se rinde. Una televisión, la enciende, la apaga.
Una mente divagando. Nada que hacer. Una mano que se esconde bajo la sabana. Un placer hecho rutina.

Unos minutos.

El éxtasis. El ardor en la piel. La adrenalina. El corazón latiendo a diez mil por hora. La sangre corriendo acelerada por las venas.
Todo mas intenso cada segundo que pasa. Placer deliciosamente insoportable. La cabeza da vueltas. Una sacudida. Un estremecimiento. Una ultima ola de placer. Un gemido. Un cuerpo sin fuerzas que cae como el plomo.
Unos ojos mirando al techo a la espera del sueño.

Un nuevo día.

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sábado, 1 de marzo de 2014

0 El Escondite

Desde que recuerdo, siempre le encantó jugar al escondite conmigo, no le importa que yo no quiera.
Se esconde en los mas remotos lugares y en los mas oscuros y ocultos callejones.
Nunca se donde puede estar.
Muchas veces me da la impresión de estar encontrándola y doy de bruces contra un frio muro.
A veces creo rozarla con la punta de los dedos, pero es cuanto menos escurridiza.
Hace ya mucho dejé de buscarla pensando que ya se cansaría de jugar y se dejaría encontrar, aunque fuera por aburrimiento.
Pero además de escurridiza es persistente, ahí sigue con la misma jugada.
Si acaso me cruzo alguna vez con ella es pura casualidad y vuelve a salir corriendo y riendo carcajadas como una niña pequeña.
Lo disfruta. Le divierte de sobremanera esconderse y que no la encuentre.
Yo ya me rendí, decidí no jugar al juego de la felicidad.

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miércoles, 27 de noviembre de 2013

0 Siempre en silencio

1, 2, 3...
Los golpes venían por todas partes.
- ¿Cuántas veces te he dicho que no salgas con la zorra de tu amiga? - Me gritó. Sabía que ella quería que le dejara.
7, 8, 9...
Permanecí en silencio. No quería hacerle enfadar más.
13, 14... perdí la cuenta En mi cabeza resonaban los gritos que continuaba dando.
- Ahora vete a la puta cama, de dónde no deberías ni salir si no es para hacer algo útil. Y desnúdate, de hoy no pasa que te eche un polvo. Joder, ¿cuánto hace ya que no follamos?
Madre mía... ¿Se oirá todo esto desde la casa de mis vecinas? No quiero que Marina oiga esto...
Llevo semanas intentando convencerla de que últimamente Luis ha cambiado.
Subí las escaleras casi a rastras, al llegar a la cama me desnudé.
<<No, no voy a obedecerle>>
Me puse el pijama.
<<Pero, y si...>>
Me desnudé.
Y así pasé varios minutos. Al final me quedé en ropa interior, el punto medio.
Me metí en la cama, no se cuanto tiempo pasó hasta que él subió.
- Te dije que estuvieras desnuda- me advirtió en tono severo. Permanecí en silencio. - No importa, estás increíble así - pasó el dedo por el borde de mis bragas, la zona estaba morada por algún golpe - después de todo te la voy a quitar.
- Hoy no tengo ganas - Me giré dándole la espalda.
Me cogió del brazo bruscamente, me puso boca arriba y se colocó encima de mí.
- Llevamos tantos meses sin follar que he perdido la cuenta, y no pienso esperar ni un día más, ¿te enteras, puta?
Yo permanecí en silencio.
Me colocó las muñecas sobre la cabeza y me arrancó la ropa interior. Se colocó entre mis piernas.
1, 2, 3 estocadas.
Grité como si me arrancara la piel, el gimió y continuó
7, 8, 9
Reía satisfecho de su hazaña y me llamaba cosas denigrantes.
Mi único placer era el desahogo de algunas lágrimas mal disimuladas.
13, 14... perdí la cuenta
Y en algún momento entre estocadas puso esa cara que tanto asco me daba.
Sentí como derramaba dentro de mí ese calor que tanto asco me daba.
Me volví a sentir aquella mujer usada que tanto asco me daba.
- Buenas noches nena, has sido una buena chica.
Intenté dormir en vano, a las 7 me levanté a prepararle el desayuno.
7:30
Entró a la cocina y se sentó a la mesa.
- ¿En serio? Media hora levantada y aun no has preparado el puto café.
- No hay café.
-¿¡Que coño!? Te dije que lo compraras, joder. ¿Cómo puedes ser tan inútil?
Permanecí en silencio.
- Ve a por el café, la tienda de la esquina abre a las 7, esperaré, pero ve rápida.
- No voy a ir.
Seguí de espaldas a él, preparando el desayuno junto al fregadero. Con la cabeza gacha.
Se levantó.
-¿Acaso he preguntado si quieres ir? Ve ya.
- No.
Me zarandeó del brazo y me giró hacia el para pegarme.
- Maldita zorra, te estoy diciendo que...
1, 2, 3...
Me concentré en contar para permanecer en silencio y no alertar a las vecinas.
7, 8, 9...
Empezó a gustarme la sensación, noté la sangre, pero se sentía tan suave.
13, 14... perdí la cuenta
Pero continué clavando aquel cuchillo.
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lunes, 4 de noviembre de 2013

0 Ojos sin vida

Todo empezó con sus ojos. Esos ojos que casi no tenían color. Era insoportable sentir esa mirada clavada en mí. Sobre todo a la hora de la comida, la repulsión no me dejaba probar bocado, recuerdo que siempre tiraba mi comida y luego entraba muerto de hambre a la cocina a picar algo.
De la repulsión pasó al pánico; la gente revela sus pensamientos con la mirada, pero una mirada vacía no revela nada, nunca sabía lo que podía estar ocultando. Así que empecé a llevar encima algo con lo que defenderme por si ocurriera algo. Sí, ocurriría algo, sus ojos no podían esconder nada bueno.
Entonces empezaron las pesadillas, entre ellas había una recurrente en la que yo huía y ella me perseguía con los ojos cerrados, y cuando creía estar a salvo, sus ojos se abrían justo frente a los míos.
<<Maldita sea, esto tiene que acabar.>> pensé una de las veces al despertar sobresaltado.
Cogí el cuchillo que guardaba bajo mi almohada y me acerqué lentamente a su dormitorio, la destape con cuidado.
Me arrepentí de momento al verla así, dormida, tan frágil...
<<Pobre abuela.>>
Empezó a moverse, la había despertado, se giro y sus ojos se clavaron en los míos, toda la rabia volvió en un instante.
¡Una! ¡Dos! ¡Tres! ¡Cuatro!
Perdí la cuenta de las puñaladas que le aseste. 
Desde entonces no solo no puedo comer, tampoco puedo dormir, sus ojos blancos me miran desde los pies de mi cama, ahora con lágrimas rojas brotando de ellos.


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lunes, 1 de julio de 2013

0 Brujas

Su sudor y sus lágrimas se confundían sobre su rostro con la afilada lluvia mientras corría a través del bosque. Su piel estaba arañada por los azotes procedentes de las ramas en su huida, pero eso no bastaba para detenerla, jamás había pasado tanto miedo en su vida, no sabía que había sido aquello, pero no había que ser muy listo para saber que nada bueno.
Aunque a cada paso que diera estuviera mas lejos del origen de su ataque de pánico, se sentía cada vez más atrapada en una trampa, sentía que las risas y murmullos la rodeaban sin darle la más mínima oportunidad de escapar.
Su cabeza empezó a dar vueltas, todo a su alrededor las daba, mientras notaba como media docena de rostros se acercaban hacia ella con ojos llenos de deseo, sed, lujuria y otras ansias que no llegaba a distinguir.
Cuando recuperó la conciencia se encontraba atada de pies y manos, amordazada, con los ojos vendados y colgada por los pies. A su cabeza le llagaba un calor agobiante y ardiente, a sus oídos un sonido burbujeante.
Intentó zafarse sin éxito y alguien le quitó la venda que cubría sus ojos, el resto reían de forma inquietante.
- Buenas noches preciosa - le dijo una anciana.
Distinguió por primera vez a las seis ancianas que creyó ver sobrevolar el lugar donde acampaba.
Al descubrir sus ojos se percató del origen de aquel calor que producía un sonido burbujeante, con dificultad por su posición, vio vagamente que se trataba de un caldero colocado bajo ella, a no mucha distancia.
Intentó gritar pero la mordaza se lo impedía.
- ¿Creéis que le falta lengua a este brebaje, hermanas? - Pregunto otra de las ancianas dándole a entender a Lizz que le convenía más permanecer en silencio.
Una tercera anciana se acercó a Lizz con un puñal.
-Con lengua o sin ella necesitamos su sangre.
Le acercó el puñal a su pecho y siguió toda su curva lateral.
Los ojos de Lizz se desorbitaron y la sangre recorrió su camino desde el pecho hasta el caldero, bajando lentamente por su hombro y derramándose gota a gota.

Cada una de las brujas vertió también una gota de su propia sangre, pero estas lo echaron en un caldero de mayor tamaño, en el cual echaron también un mechón de sus grises cabellos cada una.
También a la joven le arrancaron cabellos para echarlos en el caldero que le correspondía.
Las seis ancianas se acercaron a Lizz con las manos alzadas hacia ella, entonces comenzaron a acariciar todo su cuerpo, desde la punta de los pies hasta su sudorosa frente  llenaron de caricias y besos cada una de las partes de su desnudo cuerpo. De repente las manos, antes rugosas, eran afiladas y las caricias se convertían en cortes. Los besos en salvajes mordiscos somo si de leones se tratase.
Ni la mordaza consiguió ahogar los gritos de la chica, que resonaban en el silencio del bosque.
Su sangre y sus lágrimas caían a borbotones al caldero que cada vez hervía más intensamente.
Las ancianas pararon en seco y pararon a observar el maltratado cuerpo de aquella chica que una vez fue hermosa. Ahora lucía rojeces y moretones, cortes y señales de dientes, era difícil encontrar un solo poro que conservara el pálido color de su piel.
Allí la dejaron desangrándose, llorando, gritando y sacudiéndose mientras ellas echaban más cosas a cada uno de los calderos.

Pasadas unas horas desataron a la chica y la arrastraron al caldero grande, el cual ya no hervía, pero aun estaba caliente, la metieron dentro sin que sus débiles intentos por evitarlo lograran impedirlo, la dejaron allí y se dirigieron al caldero pequeño, entre las seis ancianas bebieron el brebaje que contenía la sangre de Lizbeth y volvieron a donde ella se encontraba.
- Abre la boca, linda - Le dijo una cuarta anciana con enfermizo tono cariñoso.
Lizz negó con la cabeza lentamente, sin fuerza para abrir sus ojos.
Las ancianas rieron.
Una le sujeto la cara, otra le abrió la boca y otra cogió una gran cuchara de madera para hacerle beber el brebaje que la estaba bañando.
La joven escupió la primera cucharada y otra anciana la sujetó fuerte del pelo.
Así le hicieron tragar hasta la última gota del caldero.
Por cada sorbo que bebía su cabello se volvía canoso y su piel perdía elasticidad, pero a las brujas se les oscurecía el pelo, sus arrugas se tensaban; sus rugosas y chirriantes voces se volvían dulces y melodiosas y, para cuando acabó de tragar, solo quedaba el cadáver de una anciana rodeada de seis hermosas jóvenes.


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lunes, 11 de marzo de 2013

0 Buena jugada

Como cada noche después del trabajo, subí a mi coche para volver a casa, me sorprendió ver que estaba abierto, no solía ser tan despistada, pero no le dí mayor importancia, arranqué y me dispuse a tomar mi ruta de no mucho más de media hora.
Pero algo me inquietaba ese día desde que me monté en el coche. No sabría explicarlo, era una sensación, nada más, como ese cosquilleo en la nuca cuando "sientes" que alguien detrás de tí te está observando.
A mitad del camino, no pude resistir más e hice caso a mi paranoia; miré hacia atrás.
- ¿QUÉ COÑO? Mi reacción provocó que se desviara el coche.
Había alguien en el asiento trasero, por un momento pensé que todo era una especie de trampa de algún depravado sexual, luego me di cuenta de que estaba pálido, tenia ojeras, no se movía, no parpadeaba...
Es decir... ¿Había secuestrado un cadáver?
<<Mierda>> Respiro. <<Mierda>> Respiro. <<Mierda>> Respiro. MIERDA
No frena, el coche no frena,


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- En principio todo indica que la conductora, había asesinado a la otra víctima y luego decidió suicidarse, agente.


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domingo, 20 de enero de 2013

0 Reencuentro

Cuento los días para volver a verte, no entiendo por que te fuiste, cogiste tu coche y te fuiste lejos, dejándome sola, colgada en un mundo tan frió, y aun mas frió desde que me dejaste aquí, has sido tan egoísta al partir sin mí, sí, siempre fuiste un egoísta. Yo no habría actuado así, no te habría dejado aquí solo, te habría llevado conmigo hasta el final del mundo.
Y sin embargo aquí estoy, yo que lo habría dado todo por ti.
Me prometiste que tu lugar era estar siempre junto a mí, y me traicionas de esta manera ¿es que era todo mentira?
Pues no pienso rendirme, no pienso dejar que esto acabe así, se donde estas y pienso ir buscarte, y quedarme allí contigo, para siempre.
Cogeré mi coche, cogeré aquella misma curva...

















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miércoles, 19 de diciembre de 2012

0 Palacio de cristal

Había oído tantos cuentos. Cuentos de princesas que vivían en palacios de cristal, con hadas madrinas que hacían de sus vidas un constante cúmulo de alegrías. Todas y cada una de aquellas princesas eran tan hermosas., y todas eran amadas por un príncipe ideal. Había oído tantos que empezó a creer el ellos, a tener la esperanza de vivir un cuento de hadas. Pero la niña fue creciendo. Se convirtió en una mujer y se vio obligada a madurar, al menos lo suficiente para ver la realidad y dejar atrás los cuentos de su infancia. Con tristeza se dio cuenta de que jamás viviría en un palacio de cristal, de que lo que quisiera tendría que conseguirlo sin la ayuda de un hada madrina. Ni de nadie.
El camino se presentaba difícil para afrontarlo sola si no era lo suficiente fuerte
Entendió que el príncipe jamás aparecería, y aún menos si no era tan hermosa como aquellas princesas, y eso le decía su reflejo 
<<¿Por qué?>> Se preguntaba ella. Por qué lo que veía no era lo que sentía. 
<<¿Por qué?>> Gritaba. 
<<¿Por qué?>> Jadeó ante el espejo antes de golpearlo con el puño y partirlo en mil pedazos que se esparcieron a su alrededor, se dejo caer de rodillas y observó su puño ensangrentado, cogió un pedazo de cristal y observó su rostro lleno de lágrimas por última vez.
Y  vio el reflejo de la sangre que brotaba de su muñeca, esparciéndose e inundando su propio palacio de cristales.


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martes, 4 de diciembre de 2012

0 Sed

Irrumpió en mi habitación abriendo la puerta con fiereza, sediento de mí y no pude negarme, sus ojos negros me hipnotizaron.
Mis cinco sentidos e incluso alguno más me gritaban que acogiera a aquel desconocido en mi cama y ¿por que iba a resistirme a mi deseo?
Se acerco a mí lentamente, yo estaba inmóvil en la cama, esperándole ¿por que deseaba tanto arrancarle la ropa? Dios mío, yo no era así, pero él me hacía sentir eso, y me gustaba, me encantaba. Cuando estuvo lo suficiente cerca le agarré por el cuello de su cazadora y le atraje hacia mí bruscamente, ansiosa de sentirle, de probarle, se desprendió de su cazadora e intenté quitarle la camiseta, pero no me dejó. Con una mano cogió las mías y las alzó sobre mi cabeza, con la otra me apartó el pelo.
Sus labios se posaron en mi hombro y fueron subiendo poco a poco succionando suave pero salvájemente, no podía esperar a que se encontraran con los mios, pero algo falló mientras subían. Grité con los ojos casi desencajados de pavor al sentir como algo afilado atravesaba mi piel justo donde el posaba sus labios ahora ensangrentados, alzó la cabeza y me miro con una macabra sonrisa mientras yo sentía como se apagaban mis latidos.
Cogió mi muñeca y volví a sentir como la perforaba con sus colmillos. Intenté gritar, pero no tenía a penas fuerzas para emitir un sollozo, esta vez me dolía mucho mas, la muñeca me ardía y la sensación se expandía al resto del cuerpo. Soltó mi muñeca, me besó dándome a probar mi propia sangre ¡Que dulce néctar!
Necesitaba más.
Así que aquí estoy, colándome en la casa de un extraño, entrando a su dormitorio, me mira con lujuria y algo empieza a abultar entre sus sabanas, me acerco lentamente a él...

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