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jueves, 24 de julio de 2014

0 La cuenta, por favor.

Hola, me llamo X y hoy seré su presentadora del telediario:

De primer plato le servimos una buena guarnición de corrupción.

Para continuar, como plato fuerte, le traemos "Guerra", un plato bastante tradicional que se viene sirviendo desde hace miles de años, pero nunca pasa de moda. Evidentemente aderezada con una pizca de muerte infantil.

Para acompañar tenemos unas cuantas desapariciones ilógicas.

Y para terminar, como postre para que se vaya con buen sabor de boca y olvide todo lo anterior, le servimos toda la actualidad en deportes.
Gracias por su visita.

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© 2014 Mel Köiv Todos los derechos reservados 

miércoles, 23 de julio de 2014

1 Atardecer

El teléfono comenzó a sonar de madrugada, lo busqué a tientas y descolgué irritada, mirando la pantalla con un ojo entreabierto.
- ¿Si?
- Necesito verte, te echo tanto de menos, cada día miro el atardecer y me recuerda a tus cabellos rojos, tan vivos, tan ardientes, necesito volver a sentirte, necesito oler el fuego de tu cabello y quemarme con el roce tu piel.
- ¿Rubén? ¿Estás borracho?
- Vuelve conmigo, Elena -me rogó- ¿De veras estás mejor sola que conmigo?
Aun adormilada, mi mirada se perdía por la habitación oscura y mi cerebro me decía que estaba soñando. Por lo que mis ojos se permitieron el lujo de volver a cerrarse.
- ¿Elena?
- ¿Eh? ¡Oh, si! El atardecer... y eso -bostecé.
- ¿Te estás riendo de mí?
- No. Mañana hablamos, Rubén, cuando tengas más glóbulos que alcohol en las venas. Buenas noches.
Cuando me desperté por la mañana y miré el móvil tenía un arsenal de mensajes suyos, todos de la misma índole.
"Te echo de menos", "Todo me recuerda a tí".
El diccionario masculino de sinónimos de "quiero echarte un polvo" al completo. Aunque he de admitir que algunos eran bastante originales, puede que algo inquietantes.
Con vista borrosa y un sueño del demonio escribí lo mejor que pude:
"Quizá np lo recwrdes, pero fuiste tú el q me dejó al descubrir mi decreto.
Secreto*" √√
El móvil volvió a sonar y me sobresaltó.
- Casi me da un infarto -le reprendí-, ¿qué quieres?
- Darte los buenos días al oído.
- Entiendo -respondí sarcásticamente.
- Anoche no estaba borracho, Elena -de repente su voz sonaba mucho más seria, quizá demasiado-. Te echo de menos y quiero volver.
- Eso no va a pasar, olvídalo ya. No se  por qué te cojo el teléfono. Me estás alterando.
Sin darme cuenta me había levantado y estaba dando vueltas en círculo mientras le hablaba.
- Ya sé que me pasé, pe...
- ¿Pasarte? ¡Me tiraste un billete a la cara y te fuiste!
- Dame una noche, por favor, solo una noche y te dejaré en paz.
- Que no, joder.
- No quería llegar a esto, pero... admíteme como cliente.
Rompí a carcajadas y no hice ningún intento por esconder mi risa.
- Dudo mucho que te lo puedas permitir, cielo.
- Limítate a decirme la cifra.
Le di una cifra descabellada para que deshacerme de él, pero para mi sorpresa, su respuesta fue:
"Nos vemos esta noche en el barrio antiguo, a la 01:00. Se puntual".
Y colgó sin más, sin darme tiempo a decidir o a decir nada.
"Oye, no me cuelgues así, esto hay que hablarlo" √
No lo recibía. Y, por supuesto, tampoco las llamadas.
Me pasé el día diciéndome a mí misma que no iría, e incluso que si seguía de aquella manera le denunciaría por acoso.
Tras muchas divagaciones y un día bastante rutinario, a las 00:00 me dejé caer en la cama.
Pero por algún extraño motivo, llamémoslo idiotez, a las 00:30 me estaba levantando para arreglarme rápidamente y acudir corriendo a nuestro encuentro.
Cuando llegué, él ya estaba allí, sentado en un escalón, fumando un cigarrillo mientras se miraba los pies.
Mis tacones le alertaron de mi llegada y miró hacia arriba.
- Tu... tu pelo -balbuceó.- Ahora es negro. ¿Por qué has hecho eso?
- ¿Qué más da? Los tintes se caen. Tenemos una conversación pendiente más importante.
Cuando dije eso, me tendió la mano, entregándome un sobre. Su mano estaba temblorosa y húmeda, así como su mirada.
- Sobre eso... -dije agarrando su mano y alejándola de mí- No acepté tu propuesta, solo pretendía darte largas, y eso he venido a decirte.
- Abre el sobre -de nuevo puso la voz tremendamente sería.- Cuéntalo, mírame a los ojos y dime que puedes permitirte rechazar esa cantidad.
Abrí el sobre y con solo ver el color de los billetes mi ritmo cardiaco aceleró y mis manos temblaban vacilando, separando esos papeles con la torpeza psicomotriz de un infante de guardería.
- No tengo por que decirte nada, no quiero aceptar esto de ti.
- No seas tonta -dijo quitándome el sobre de las manos y metiéndolo en mi bolso- Te prometí qué si me dabas solo esta noche -apartaba mi cabello de mi cuello mientras hablaba lentamente- te dejaría tranquila -acabó la frase con un beso en mi clavícula.
No se que sucedió, no se como me convenció, pero ha pasado poco más de media hora de aquello y ahora me encuentro en su cama, atada y desnuda y con varios cientos de euros en mi bolso.
Él se encuentra encima de mi, recorriendo mi cuerpo con sus manos y su boca, pero parece no reaccionar al tacto.
- ¡Es tu pelo, maldita sea!- Se levanta, indignado y busca su paquete de tabaco.- Negro. Negro como la noche, como el carbón, ¡cómo un cuervo carroñero! ¿Por qué negro? -saca un cigarrillo y se lo pone en los labios mientras se sienta en la cama, a mi altura. - Antes eras más guapa.
Empiezo a inquietarme, durante tres años de relación, nunca se había comportado de forma tan extraña.
Enciende el cigarrillo y sus ojos se iluminan y se abren de par en par contemplando la llama.
- ¿Te apetece una copa?- me pregunta mientras se levanta a cogerla.
- No puedo beber así -hago un gesto con mis manos atadas.
- Abre la boca, preciosa -me ordena acercándose con una botella de Brandy en la mano.
Obedezco y la vierte sobre mi boca.
Luego la levanta un poco y comienza a derramarlo por encima de mi cabeza y a los lados, donde mi pelo cubría la almohada.
Le mire extrañada e inquieta.
- ¿Qué estás haciendo? ¿Eres idiota?
Me besa con furia, con el cigarrillo aun en la mano, y capto un fuerte olor a quemado.
- ¡Me has quemado el pelo!
- No lo suficiente. Dice acercándome el mechero encendido.
Una llama nace en mi pelo y mi cara se descompone del terror.
- ¡Apaga eso, rápido! -grito intentando huir inútilmente de la llama.
- ¿Alguna vez te he dicho cuanto te favorece el color del fuego? Si. Ahora vuelves a ser la misma, con tu pelo rojo ondeando como un mar de lava. De gas en este caso, pero te sienta igual de bien.
El calor empieza a irritarme los hombros y mi cara suda como nunca.
- ¡Haz algo, por favor! -le suplico entre lágrimas mientras me revuelco intentando apagarlo en vano.
- Sí, debería hacer algo. Para eso pagué. - dice situando su mano entre mis muslos.
- ¡Apagalo, quema! - Chillo con todas mis fuerzas, agitando la cabeza sobre la almohada mientras pataleo e intento quitarme su manos de encima.
- ¡Dame un minuto, joder! -grita agitando su brazo, algo más abajo de su ombligo.
Empiezo a toser, poco consciente ya de sus murmullos de fondo sobre mi pelo, el fuego, el color rojo...
Han pasado muchos segundos o pocos minutos, no estoy segura de estar consciente, pero siento un golpe duro y frío en mi cara acompañado de un sonido como de piedras, el calor va desapareciendo.
Había vaciado la cubitera del Brandy en mi cabeza.
Ya, ajena al calor, me dejé llevar por la inconsciencia.
A la mañana siguiente desperté en mi cama.
Me llevé la mano a la cabeza, incrédula. Casi no me quedaba cabello, rompí a llorar y con vista borrosa mire hacia la mesilla.
En ella había peluca pelirroja de pelo ondulado, un bote de crema para las quemaduras, el sobre del dinero y una nota:
"Evité que te hicieras daños mayores.
Ahora los dos tenemos secretos.
Tú no hablarás de lo de anoche y yo no hablaré de tu vida nocturna.
Lo prometido es deuda:
Me hiciste ver el cielo estando en el mismísimo infierno, así que...
Hasta nunca.
P.D: Usa el regalo"




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lunes, 23 de junio de 2014

0 Reedición (Probablemente definitiva) del prólogo

Vi mejor resubirlo que editarlo, espero que os guste.




Al despertar no pude abrir los ojos. Intenté gritar pero no conseguía más que emitir unos gruñidos débiles interrumpidos por tos seca. Una mordaza cubría mi boca y un fuerte olor me asfixiaba y raía mi garganta. No tardé en darme cuenta de que se trataba de algún desinfectante, amoniaco o cualquier otro producto fuerte de limpieza.

Por un momento pensé que alguien me estaba gastando una broma de mal gusto, pero según pasaban las horas la idea se hacía más remota.
No sabía si era de día o de noche, el ambiente estaba cargado y húmedo. Y el no saber por qué estaba ahí ni qué querían de mí, parecía alargar aún más las horas.
Las lágrimas se hicieron un hueco entre mis ojos y la venda que los cubría y pasé sollozando interminables horas.

Me desperté sobresaltada cuando alguien llamó a la puerta, solo para avisar de su presencia y maldije seguir viva, no quería enfrentarme a lo que fuera que me esperara.
Unas manos me quitaron la mordaza, mi primer impulso fue gritar, pero lo descarté al notar como dejaba caer sobre mis labios resecos, un chorro de agua fresca.
- Shhh, tranquila, cariño, no voy a hacerte daño, vengo a sacarte de aquí, vengo a rescatarte.
- ¿De verdad vas a sacarme de aquí? -le supliqué con voz rota, la garganta me ardía.
- Sí.

Me ayudó a ponerme en pie, desató mis manos, aliviando así el dolor que causaba el roce de las cuerdas contra mis muñecas, y me las lleve a los ojos para destaparlos, una mano firme me las sujetó sin decir nada y me instó a andar con un suave empujón.
Dejó su mano sobre mi hombro y me guió por la oscuridad mientras mis piernas obedecían y mi mente divagaba en busca de explicaciones.
El eco de mis pasos inseguros resonaba abarcando la estancia y caus
ándole al silencio una muerte lenta y agónica que se anularía en cuanto saliera de allí.   
A medida que atravesábamos varias puertas y de vagábamos por diferentes habitaciones y pasillos desapareció el olor a desinfectante para dar lugar a un fuerte olor a putrefacto que en varias ocasiones hizo que mi cabeza diera vueltas y mis piernas flaquearan.
De repente el hombre me soltó y se alejó de mí, no sin antes volver a atar mis manos.
Sus pasos se oían firmes y sutiles, como si acariciaran el silencio en lugar de torturarlo como yo lo había hecho anteriormente, y yo aproveché su distancia para intentar zafarme de las cuerdas.
Abrió de forma estruendosa una pesada puerta de hierro y una brisa, tan fresca que me hizo tiritar, llenó la habitación y se llevó con ella gran parte del desagradable olor que allí reinaba.
- Acércate me ordenó.
Vacilé antes de obedecer, quería destapar mis ojos, clavarle un tacón entre las piernas y salir corriendo descalza hasta encontrarme con alguien. Pero no podía. Volví a clavarle mis tacones como cuchillas al silencio, contando mis pasos para mantener la calma.
Sentí de nuevo su mano en mi hombro.
- Diecisiete dejé escapar en voz alta, pero no dijo nada.
Al llegar a la puerta me detuvo y oí detrás de mí como cerraba la escandalosa puerta.
Volvió a guiarme con la mano en el hombro, pero esta vez con más prisa, que sumada al suelo arenoso y pedregoso que notaba bajo mis pies, provocó una inevitable caída.
Me levantó agarrándome del brazo, las rodillas me escocían, me había raspado con las piedras y probablemente estarían sangrando, aunque fuera mínimamente.
Llegamos a un coche solo unos pasos más lejos y me tendió en los asientos traseros. No necesitó usar la fuerza, yo inmovilizada y  desorientada y él tenía un coche. Intentar huir habría sido inútil y estúpido, así que me deje llevar.
En cuestión de minutos noté como el coche empezaba a frenar, se hacía todo aun más oscuro y, de repente, un haz de luz atravesaba el poco espacio entre la venda y mis ojos.
Supuse que habíamos llegado a un garaje.
Me sobresalté cuando la puerta que estaba junto a mi cabeza se abrió de golpe. El desconocido me ayudó a salir del coche y me tomó en brazos. Echó a andar sin soltarme, hasta llegar a unas escaleras. Me puso en el suelo, desató mis manos, las tomó y me ayudo a bajarlas como un padre ayudando a un hijo a dar sus primeros pasos, y una vez abajo abrió una puerta, me dejó allí y oí como la cerraba detrás de mí.

- Señor...
- ¿Sí?
- ¿Va a hacerme daño?
No respondió, en lugar de eso me avisó que ya podía descubrir mis ojos.

Me quité la venda, aunque la habitación estaba tan oscura que la diferencia era minina, y busqué a tientas un sitio donde sentarme.
Un rato después la luz se encendió desde fuera y aquel hombre apareció con un refresco y una bolsa de papel marrón manchada de grasa, con la tan conocida M amarilla. No pude evitar llevarme las manos a la boca y la nariz, el hedor inundaba mis vías respiratorias y me formaba un nudo en la garganta.
- Tu cena, Lucia.
- Me llamo Alinka... objeté.
- A partir de ahora te llamas Lucia -musitó algunas palabras más entre las que solo distinguí "personaje".
- ¿Qué?
- Que cenes.
- Yo no como carne... mi estómago protestó al oir eso, pero yo no sabía cómo explicarle que no quería comerme algo que hubiera tenido madre.
- Es lo que hay.

Su voz sonaba joven, pero su cara aún era un misterio, tuvo cuidado de darme siempre la espalda.
En cuanto salió cogí el refresco para calmar mi garganta.
Miré inevitablemente la bolsa, aunque intentaba no hacerlo.
Según pasaban los minutos, el aceite parecía apoderarse de ella, arrugándola y ensuciándola, haciéndola ceder y encogerse. Cuando el olor dejó de ser tan espeso que cubría cada molécula de oxígeno, me dispuse a obedecer a mi estómago y probarlo. Hice un gesto de dolor cuando intenté tragar, por el daño que me había causado el desinfectante, y volví  a beber para aliviarlo.

Pasé unos minutos sentada en el borde de la cama mirando a la nada, rodeada de oscuridad y agónico silencio, y un grito de desesperación que ni yo misma esperaba salió de mis entrañas desgarrándome las cuerdas vocales.

Rompí a llorar farfullando insultos y maldiciones hasta que caí en la inconsciencia.



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viernes, 16 de mayo de 2014

0 Marca España, mi primer poema en años

Marca España:
Nacimos para ser juzgados,
en este mundo donde reina lo mundano.
Donde censuran la expresión
para lavarse las manos.
La impotencia,
la angustia y el dolor,
nos lanzan a la calle.
A invocar nuestros derechos,
a jugar a ser iguales.
No pedimos mucho,
solo un mundo habitable.
Porque en este
tratan como a basura a un vagabundo,
por no tener un techo,
por no tener un rumbo.
Y si yo no lo secundo
me tachan de iracundo .
Quieren que lo vea normal,
la desdicha, la pobreza,
la tenemos que aceptar
para que ellos puedan ganar.
Ganar poder y ganar dinero
Eso es para lo único que surgieron
¿Qué importa el mundo teniendo el bolsillo lleno?
Estos supuestos lideres que predican la entereza
y mientras tanto
se enriquecen a costa de nuestra pobreza.
No puedo encender la televisión
sin morirme de vergüenza:
Tanto idiota ganando millones
y tanto simio tirándoles flores.
Pero a los que roban para comer,
a esos si los llamamos ladrones.
La llamada "marca España"
a mi no me representa.
Es ignorancia, es corrupción.
Es violencia encubierta y deshumanización
La vida y el tiempo algo me han enseñado:
Que si tienes poder todo está justificado.
Y que no hay mundo mejor,
que el que está deshabitado.

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miércoles, 14 de mayo de 2014

0 Miércoles 14 de Mayo, 2014

La única reflexión de nuestra falta de ética, de humanidad y de... De todo que escribí, hace ya cuatro años. En octubre de 2010, sobre un vecino que se murió, nadie se dio cuenta y unos meses después al enterarse todos decían que si lo habían notado y además aprovecharon para saquear la casa del señor cuando la abrió la policía. Tengo esa entrada aquí publicada.
Pues hoy me he encontrado con algo peor si cabe.
Estaba en una tienda comprando unas cosas que necesita mi hermana pequeña para una excursión, había ido con mi abuela, en coche y lo dejamos aparcado en la puerta. Ya dentro de la tienda escuchamos un gran golpe y lo primero que pensamos fue que quizá habríamos dejado el coche sin poner el freno de mano y se habría ido solo y evidentemente corrimos a ver.
Lo que nos encontramos fue la impactante imagen de un coche destrozado y un niño de unos 7 años inmóvil en el suelo. Demasiado inmóvil. No tardó en haber una multitud alrededor. No exagero si digo que unas 60 personas.
En cuanto salí del shock llamé a la ambulancia y fui consciente de lo que había a mi alrededor.
De nuevo no exagero, unas 4 personas llamando a la ambulancia o la policía (si, 4 de 60) el resto parloteando en plan curiosos por decir una palabra suave. Y algunos echando fotos.
Yo no conocía al pequeño, pero no paraba de llorar, porque ver ese pequeño cuerpecito inmóvil sin tener culpa alguna de que los conductores fueran bebidos, fumados, o simplemente rápidos... creo que es la mayor injusticia que he vivido hasta el momento.
Hubo cerca de casualidad un ATS que atendió al crio mientras llegaba la ambulancia.
Después de unos 10 o 20 minutos (perdí la noción del tiempo) el pequeño rompió a llorar y me quedé mucho mas tranquila al saber que había sobrevivido.
También me entere de que el pequeño iba con su padre, que salió despedido por un barranco cercano, no se como está. Los que iban en el coche... Salieron por su propio pie.
La palabra injusticia se queda corta.
¿Cuándo perdimos la humanidad?
¿Cómo puedes tener delante el cuerpo quizá sin vida de un niño y pensar en sacar el móvil y echar fotos? ¿CÓMO?
En fin.
Como dijo un amigo no hace mucho en una entrada de su blog:
"Nos pasamos de asesinos"


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