Vi mejor resubirlo que editarlo, espero que os guste.

Por
un momento pensé que alguien me estaba gastando una broma de mal
gusto, pero según
pasaban las horas la idea se hacía más remota.
No sabía si era de día o de noche, el ambiente estaba
cargado y húmedo. Y el no saber por qué estaba ahí ni qué querían de mí, parecía alargar aún más las horas.
Las
lágrimas se hicieron un
hueco entre mis ojos y la venda que los cubría y pasé sollozando interminables
horas.
Me desperté sobresaltada cuando alguien llamó a la puerta, solo para
avisar de su presencia y maldije seguir viva, no quería enfrentarme a lo que
fuera que me esperara.
Unas
manos me quitaron la mordaza, mi primer impulso fue gritar, pero lo descarté al notar como dejaba caer
sobre mis labios resecos, un chorro de agua fresca.
- Shhh,
tranquila, cariño, no
voy a hacerte daño, vengo a
sacarte de aquí, vengo a rescatarte.
- ¿De verdad vas a sacarme de aquí? -le supliqué con
voz rota, la garganta me ardía.
- Sí.
Me ayudó a ponerme en pie, desató mis manos, aliviando así el dolor que causaba el roce de las cuerdas contra mis muñecas,
y me las lleve a los ojos para destaparlos, una mano firme me las sujetó sin decir nada y me instó a andar con un suave
empujón.
Dejó su mano sobre mi hombro y
me guió por
la oscuridad mientras mis piernas obedecían y mi mente divagaba en
busca de explicaciones.
El eco de mis pasos inseguros resonaba abarcando la estancia y causándole al silencio una muerte lenta y agónica que se anularía en cuanto saliera de allí.
El eco de mis pasos inseguros resonaba abarcando la estancia y causándole al silencio una muerte lenta y agónica que se anularía en cuanto saliera de allí.
A
medida que atravesábamos
varias puertas y de vagábamos
por diferentes habitaciones y pasillos desapareció el olor a desinfectante
para dar lugar a un fuerte olor a putrefacto que en varias ocasiones hizo que
mi cabeza diera vueltas y mis piernas flaquearan.
De
repente el hombre me soltó y
se alejó de
mí, no sin antes volver a
atar mis manos.
Sus
pasos se oían
firmes y sutiles, como si acariciaran el silencio en lugar de torturarlo como
yo lo había
hecho anteriormente, y yo aproveché su
distancia para intentar zafarme de las cuerdas.
Abrió de forma estruendosa una
pesada puerta de hierro y una brisa, tan fresca que me hizo tiritar, llenó la habitación y se llevó con ella gran parte del
desagradable olor que allí
reinaba.
- Acércate –me ordenó.
Vacilé antes de obedecer, quería destapar mis ojos,
clavarle un tacón
entre las piernas y salir corriendo descalza hasta encontrarme con alguien.
Pero no podía. Volví a clavarle mis tacones
como cuchillas al silencio, contando mis pasos para mantener la calma.
Sentí de nuevo su mano en mi
hombro.
-
Diecisiete –dejé escapar en voz alta, pero
no dijo nada.
Al
llegar a la puerta me detuvo y oí
detrás de
mí como cerraba la
escandalosa puerta.
Volvió a guiarme con la mano en
el hombro, pero esta vez con más
prisa, que sumada al suelo arenoso y pedregoso que notaba bajo mis pies, provocó una inevitable caída.
Me
levantó
agarrándome
del brazo, las rodillas me escocían,
me había
raspado con las piedras y probablemente estarían sangrando, aunque fuera
mínimamente.
Llegamos
a un coche solo unos pasos más
lejos y me tendió en los asientos traseros. No necesitó usar la fuerza, yo
inmovilizada y desorientada y él
tenía un coche. Intentar huir
habría
sido inútil
y estúpido,
así que me deje llevar.
En
cuestión de
minutos noté como el coche empezaba a frenar, se hacía todo aun más oscuro y, de repente, un haz de luz
atravesaba el poco espacio entre la venda y mis ojos.
Supuse
que habíamos
llegado a un garaje.
Me
sobresalté cuando la puerta que estaba junto a mi cabeza se abrió de golpe. El desconocido me ayudó a salir del coche y me tomó en brazos. Echó a andar sin soltarme,
hasta llegar a unas escaleras. Me puso en el suelo, desató mis manos, las tomó y me ayudo a bajarlas
como un padre ayudando a un hijo a dar sus primeros pasos, y una vez abajo abrió una puerta, me dejó allí y oí como la cerraba detrás de mí.
- Señor...
- ¿Sí?
- ¿Va a hacerme daño?
No
respondió, en lugar de eso me avisó que ya podía descubrir mis ojos.
Me quité la venda, aunque la
habitación
estaba tan oscura que la diferencia era minina, y busqué a tientas un sitio donde
sentarme.
Un
rato después la
luz se encendió desde fuera y aquel hombre apareció con un refresco y una bolsa de papel marrón manchada de grasa, con
la tan conocida “M” amarilla. No pude evitar
llevarme las manos a la boca y la nariz, el hedor inundaba mis vías respiratorias y me
formaba un nudo en la garganta.
- Tu
cena, Lucia.
- Me
llamo Alinka... –objeté.
- A
partir de ahora te llamas Lucia -musitó algunas palabras más entre las que solo distinguí "personaje".
- ¿Qué?
- Que cenes.
- Yo no
como carne... –mi estómago protestó al oir eso, pero yo no sabía cómo explicarle que no quería comerme algo que hubiera
tenido madre.
- Es
lo que hay.
Su
voz sonaba joven, pero su cara aún
era un misterio, tuvo cuidado de darme siempre la espalda.
En
cuanto salió cogí el
refresco para calmar mi garganta.
Miré inevitablemente la bolsa,
aunque intentaba no hacerlo.
Según pasaban los minutos, el
aceite parecía
apoderarse de ella, arrugándola
y ensuciándola,
haciéndola
ceder y encogerse. Cuando el olor dejó de ser tan espeso que
cubría
cada molécula
de oxígeno,
me dispuse a obedecer a mi estómago
y probarlo. Hice un gesto de dolor cuando intenté tragar,
por el daño que me
había causado el desinfectante, y volví a beber para aliviarlo.
Pasé unos minutos sentada en
el borde de la cama mirando a la nada, rodeada de oscuridad y agónico silencio, y un grito
de desesperación
que ni yo misma esperaba salió de mis entrañas desgarrándome las cuerdas vocales.
Rompí a llorar farfullando
insultos y maldiciones hasta que caí en la inconsciencia.
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© 2014 Mel Köiv Todos los derechos reservados
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